La revolución del los chicos del timbre rojo

Para ser sincero unas de las cosas que marcaron mi forma de pensar, fue el humillante y patético timbrecito rojo que me estampaba como un hijo fuera del matrimonio o natural. Yo creía que la época de la discriminación a los hijos de ovejitas descarriadas había pasado y vivíamos ya en tolerancia, me equivoqué, no es así, hoy la iglesia a cometido un nuevo error… tildar a todos los hijos de familias divorciadas y de paso a los hijos no reconocidos por “DIOS” como drogadictos, mentirosos, ladrones, resentidos sociales y para coronar la astucia “asesinos”.

La legislación de una ley de divorcio en nuestro país, ha causado una batahola de grandes magnitudes, donde se ha demostrado la flaqueza de los ideales de las distintas religiones reinantes en nuestro país, principalmente la católica. Esta última, ha visto como su base principal, la familia, tiembla con una tentación como esta. Pero, de trasfondo, han demostrado una inseguridad con su forma de criar a sus hijos. Explico, si yo tengo un amigo drogadicto, y paso mucho tiempo con él, comparto muchos de sus pensamientos, mi madre, mi santa y estigmatizada madre no temería que yo me convierta a la drogadicción, porque sabe como me crió, y confía que la educación que le entregó a su hijo será suficiente como para que éste, o sea yo, entienda que eso es malo. Ahora, cambiemos a la madre por la iglesia católica, a mí por los millones de creyentes que hay en Chile y a la droga por la posibilidad de divorciarse. Si los principios que la iglesia ha marcado en sus seguidores son tan fuertes como la misma palabra de Dios, éstos, sus creyentes, serían incapaces de pensar, ni siquiera nombrar la palabra “DIVORCIO”, al contrario, se encargarían que sus hijos, vean una familia como núcleo que siempre debe permanecer unida.

Ve cardenal, era así de sencillo, sólo bastaba con explicar en misa que el divorcio no es para católicos, como el café para mormones y la navidad para evangélicos, así de sencillo. Y ahora, no me valen sus disculpas, no me vale que ustedes saquen el comercial, el daño ya esta hecho, y siempre voy a llevar esa cruz. Hemos cambiado el timbre rojo, por la punta del dedo que indica a los hijos del pecado. Ya basta de esas tontas caretas que los dejan como buenas personas, si son los más discriminadores que pisan esta bendita tierra, han marcado a miles de jóvenes por pertenecer a ese núcleo que ustedes soberbios de sotana califican de “NATURALES” y no dignos de estudiar en sus colegios y de recibir sus sacramentos…

Dios, debe tener de seguro una lágrima, ya que unos viejos seniles en la tierra se han encargado de ensuciar su nombre con falsas leyes y débiles pensamientos… entendamos al fin, que la palabra de un Ser Superior, ya sea que se crea en él o no, jamás serán reproducidas a la perfección por un humano, más aún uno que no le tiembla el mentón para predicar algo y actuar otra cosa… la santa familia y los concebidos fuera de ella necesitan más que una diplomática disculpa, queremos una independencia de fe, ser libres de esta dogma ya más dictadora, que simula armas en crucifijos que muestran a otro más fuera del matrimonio. No todos los que creen en Dios son católicos, por eso no todos deben ser normados por sus pensamientos mórbidos y desfasados en época.

Se despide, drogado, ebrio, rayando un muro y torturando a un pobre samaritano…

El Enemigö
Amen.


PD: Dios bendiga a todos, o al menos a los que se lo merecen.



("El Enemigo", es el seudónimo de Alejandro Araya Andrade, un joven de 17 años, alumno del Cuarto Año Medio del Colegio D'Madrid).
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