Comentario
del concierto publicado en la edición número 44 de febrero
de 1994.-
¡¡DE MANICOMIO CHINO!!
FISKALES AD HOK
LOS MISERABLES
ATTAQUE 77
Con
sólo una semana de anticipación, una insidiosa tapadura
de carteles y una concurrencia superior a la esperada, llegamos
a Teatro Esmeralda, lleno de público que hervía de paciencia,
de un lado a otro aplastando ruidosamente el piso en señal
de protesta.
No
había duda, los ánimos estaban calientes, pero luego de
un jodido retraso, abren los Fiscales Ad-Hok, excitando
la rabia visceral con Anarkia y rebelión. Los cristianos
de mi barrio, continúa el desparramo. La fauna enloquece,
cuando tras un pequeño enlace nos cae la ultraharcoriana
versión del Pa-pa-pá. El Pela'o presenta un tema nuevo:
Fuga, un pesado funk en el que El víbora alucina. Tras un
pequeño discurso en contra de la cagá que van a dejar al
construir una represa en el Bío-Bío, se nos cae encima Río
abajo, donde normalmente El víbora se luce con desgarros
eléctricos de una suciedad intoxicante. Perra, da cuenta
del enorme poderío y afiatamiento que la banda tiene y que
no para de subir hasta que Maldición nos deja a mil, para
luego arreglar el carrusel con un Ron Silver, que como buen
trago fuerte, bien sudado y bien pogueado, nos deja con
la boca seca. Le sigue una Ranchera que nos deja chatos
al cubo y mejor que una dieta de la Vanidades.
Dedicado a sus padrinos democratacristianos, el pandemonium
continuó con al son de un ritmo infernalmente veloz con
un Víbora haciéndose recagar las uñas, el Rolly desgastándose
las huellas digitales y el Micky partiéndose las manos sobre
una batería más que aturdida después de tanto castigo. La
media cagá al son de Todo sigue igual, fue el marco perfecto
para la despedida.
Tras una pausa de media hora, Los Miserables comienzan al
son de un militar ritmo de batería programada, comenzando
la revuelta. Todo el punkerío que llenaba el teatro estaba
repartiendo patadas y codazos en el pogo más impresionante
que nuestras pepas hayan visto jamás. Y no sólo abajo, sino
también sobre el escenario. Los músicos estaban inmersos
en una avalancha de pankis que poblaban el entablado, sobrepasando
a los escasos, guatones y terneados tipos de seguridad.
En medio de tal atmósfera se desató la salvaje interpretación
de Rock around the clock. Un sector del público empezó el
clásico coro de "Que se bajen los güeones", sin efecto alguno,
ya que nadie se bajó, ni bajaría en el resto de la noche,
pidiera quien lo pidiera. En el pegajoso ska de Resistencia,
era toda una tribu la que rodeaba a Los Miserables. Ni el
Amapola logró hacer que los compadres descendieran, había
que puro apechugar, así que descargaron Rompamos botellas,
cariñosamente dedicada a los "Cuicos culiaos". Puro y hondo
resentimiento, merecido y desahogante. Los músicos de Attaque
77, ya habían llegado y Ciro, su vocalista, ya contemplaba
lo que les estaba esperando a un costado del escenario,
en medio de una canción dedicada a "Pinochet, sus hijos
de puta y la CNI".
Comienza la participación de la gente, enviando mensajes
a través de micrófonos arrebatados, el organizador descargando
diccionario sobre porfiados y rebeldes asistentes, quienes
agarrándose el paquete y luciendo el dedo del medio, hacían
temer un inminente corte del show. Luego algo más lento
para calmar los ánimos, una canción dedicada a "Un compañero
asesinado por los milicos": Pisagüa 1973, cantada por Claudio,
el batero. De ahí, un adelanto del anunciado nuevo disco
Miserable para Abril. Luego la velocidad de su clásico Futuro
esplendor. Y pa' liberar el fuego latino que todos llevamos
dentro, la derrochadora, etílica, pero corta diversión de
la infaltable y siempre bien recibida cumbia. Para el siguiente
tema, Los Miserables presentan a un loco de Plaza Italia,
el Juan Carlos. Es la canción de despedida, entre una batahola
en que al flaco, lo botaron, le hicieron el montoncito,
lo bajaron del escenario, pero nunca soltó el micrófono,
aunque terminó cubierto de cuerpos proletarios en la que
fue la mejor revolución criolla de la noche encabezada por
Los Miserables. ¡De manicomio Chino!.
Al fin Attaque 77 se arma para darnos con todo. Pagar o
morir, de su último disco, abre el show. El escenario se
ve poblado nuevamente y hasta un panky subió a darle un
calugazo al Ciro. La siguiente canción se desenvuelve tras
un discurso contra la violencia, la oscuridad y una tole
tole impresionante que no cachamos como la resistió la banda.
Al clásico 1,2,3 Ramoniano se desata Justicia, de su trabajo
anterior Ángeles caídos, mientras el público se convierte
en una masa de cuerpos en movimiento delirante. El Ciro
pregunta que cómo le decimos a los conchetos acá: "Cuicos"
y si, el tema va para ellos. Más tarde, algunos problemas
técnicos con el bajo, ocasionados por el exceso de público,
pero sobre el escenario, nos dan una pequeña pausa.
Attaque 77 ametralla con Cuanta cerveza, mientras se realiza
un satisfactorio despeje del escenario. El problema de la
falta de vivienda se destapa con Cuál es el precio, en donde
Ciro comparte micrófono con varios locos que mantenían rodeada
a toda la banda, atornillándolos en sus posiciones. Y entre
que le regalan una cadena a Mariano y el Ciro rogando: "Bájense
que se pudre", nos explota en plena cara Hay una bomba en
el colegio, de su primer registro. Afiladas esquirlas de
rock 'n roll que continúa caldeando los ánimos. Un tema
nuevo: Alcohol y desorden, aquieta un instante los pogos,
menos sobre el escenario.
Dedicada a los pseudoperiodistas que gustan de la cizaña,
lucrando de ella, vomitan Cuarto poder, para después arremeter
con Todo está al revés y en el que increíblemente aparece
un tipo que se cola en el micrófono del Ciro y se manda
una estrofa solito. Para "Todos los caídos por esa enfermedad
fascista creada por fascistas", Attaque 77 dispara HIV,
entre combos y porrazos, que termina en una pateadura de
catálogo que le propinaron a un logua por haber empujado
a una minita que no andaba na' sola. B.A.D (Brigada Antidisturbios)
y el cover de The Clash, Yo combatí la ley; Alza tu voz,
van anunciando la recta final. Donde las águilas se atreven,
es la despedida y parte del coro se convirtió en un verdadero
himno de los testarudos habitantes del escenario coreando
"No nos van a detener" de manera irritante. De pronto un
anónimo pataleante se echó la luz y la oscuridad reinó en
el recinto. Sincronizado y preciso cierre para una noche
salvaje. Los Attaque demostraron su calidad humana y musical
y se fueron entre sorprendidos y alucinados, cachando que
pueden volver cuando quieran.
Unas jaquecas de colección para los organizadores, fue el
saldo del Ángeles del under que, y aunque el caos estuvo
siempre a punto de cagarlo todo, merece repetirse. Las bandas
chilenas, con la contundente actuación de Los Miserables,
que nos sorprendieron ante su notable crecimiento grupal,
dejaron clarito que tienen el cuero más que duro para demostrar
su excelencia aquí y en la quebrá del ají y acompañadas
de cualquier colega foráneo.
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